Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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--Ha desaparecido, señor conde.
--¡Desaparecido! --exclamó Athos con sorpresa.
--Ya sabemos lo que esto significa, señor conde.
--No yo.
--Cuando el señor de D'Artagnan desaparece, es siempre por alguna comisión o algún negocio.
--¿Os ha dicho algo?
--Nunca me dice nada.
--Sin embargo, tiempo atrás supisteis su viaje a Inglaterra.
--A causa de la especulación, --replicó atolondradamente Planchet.
--¿Qué especulación?
--Quiero decir... --protestó Planchet.
--Bien, bien, vuestros asuntos, así como los de vuestro amigo, nada tienen que ver; sólo me ha llevado a
interrogaros el interés que el señor de D'Artagnan nos inspira. Ahora bien, como el capitán de mosqueteros
no está aquí, y no podéis decirnos dónde está, nos vamos. Hasta la vista Planchet:
--Señor conde. --dijo el droguero, --querría poder deciros...
--De ningún modo, no soy yo quien recrimine la discreción a un servidor.
Esta palabra “servidor hirió al semi--millonario Planchet; pero el respeto y su natural bondad se sobre-
pusieron al orgullo.
--No es indiscreto deciros que el señor de D'Artagnan estuvo aquí el otro día, --repuso el droguero, --y
que pasó largas horas consultando un mapa.
--Tenéis razón, amigo mío; no digáis más.
--Y como prueba aquí está el mapa, --añadió Planchet.
Y presentó, en efecto, al conde de La Fere, un mapa de Francia, en el cual la mirada experta de aquél
descubrió un itinerario punteado con pequeños alfileres.
Athos siguió con la mirada los alfileres y los agujeros, y vio que D'Artagnan debía haber tomado la di-
rección del Mediodía, hacia el Mediterráneo, del lado de Tolón, hasta las inmediaciones de Cannes.
El conde se devanaba los sesos para adivinar qué iba: a hacer D'Artagnan en Cannes, y qué motivos po-
día tener para ir a observar las márgenes del Var; pero nada sacó en claro.
--No importa, --dijo Raúl, --que tampoco atinó en el porqué del viaje del mosquetero, y dirigiéndose a
su padre, que silenciosamente y con el dedo le hacía comprender la marcha de D'Artagnan; --no importa,
se puede confesar que hay una providencia siempre ocupada en acercar nuestro destino al del señor de
D'Artagnan. El va hacia Cannes y vos, señor, me acompañáis, a lo menos, hasta Tolón. Estad seguro de que
más fácilmente lo encontraremos en nuestro camino que en este mapa.
Despidiéndose de Planchet, que estaba reprendiendo a sus dependientes, y con ellos al primo de Truchen,
su sucesor, los dos hidalgos salieron para encaminarse a casa del duque de Beaufort, y a la puerta de la dro-
guería vieron un coche, depositario futuro de los encantos de Truchen y de las talegas del droguero. EL

INVENTARIO DE M. DE BEAUFORT

No le faltaba más a Athos que visitar al duque de Beaufort y ponerse de acuerdo con él para la partida.
El duque estaba espléndidamente instalado en París; tenía el soberbio boato de las colosales fortunas que
algunos ancianos recordaban haber visto florecer en tiempo de las liberalidades de Enrique III. En aquel
reinado hubo señores que verdaderamente estaban más ricos que el monarca, y sabiendo ellos esto, usaban
de sus riquezas, y se daban el gusto de humillar un poco a su real majestad.
Aquella fue la egoísta aristocracia a la cual Richelieu obligó a contribuir con su sangre, su bolsa y sus re-
verencias a lo que desde entonces se llamó “el servicio del rey”.
Desde Luis XI, el terrible segador de grandes, hasta Richelieu, ¡cuántas familias habían vuelto a levantar
la cabeza! Pero también ¡cuántas la doblaron para no volver a levantarla jamás, desde Richelieu a Luis
XIV! Pero Beaufort había nacido príncipe, y de una sangre que no derrama en los patíbulos, si no es por
sentencia de los pueblos.
Este príncipe conservó, pues, su modo de vivir con esplendidez. ¿Cómo pagaba sus caballos, sus criados
y su mesa? Nadie lo sabía, y él menos que los demás. Pero en aquel tiempo los hijos del rey gozaban de un privilegio, y es que persona alguna se negaba a convertirse en acreedor de ellos, ya por respeto, ya por de-
voción, o bien porque esperaban cobrar algún día.
Athos y Raúl encontraron la casa del príncipe revuelta como la de Planchet.
También el duque hacía inventario, es decir que distribuía a sus amigos, a sus acreedores, todo cuanto de
valor había en su casa.
Para encontrar la entonces enorme cantidad de dos millones, que el duque juzgó necesario reunir para en-
caminarse al Africa, distribuía a sus antiguos acreedores valijas, armas, joyas y mue bles, lo cual era más


 

 
 

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